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Vía Francígena


Al final del primer milenio, gran cantidad de peregrinos viajaban por Europa con actitud orante rumbo a la tumba del apóstol San Pedro en Roma y frecuentemente proseguían hacia Tierra Santa. La peregrinación asumió tal importancia que se desarrollaron auténticas caminos de fe en cuyo entorno se constituyeron aldeas y abadías para acoger a los peregrinos.


La Vía Francígena era y aún es una de las rutas más famosas. En el trayecto original, desde Canterbury hasta Roma, se acumulaban más de 1600 km.


Algunos seminaristas y formadores hemos querido recorrer los últimos 20 km de la vía, sea a pie o en bicicleta. En el recorrido a pie, el punto de partida fue La Storta, famoso por ser el lugar donde San Ignacio de Loyola, en su caminar hacia Roma, tuvo una visión de la Trinidad que marcaría toda la historia de la Compañía de Jesús.


Durante el recorrido, pasamos entre distintos entornos: La carretera con ruidos de los autos y de obras públicas, las reservas naturales Dell’insugherata y Monte Mario, donde pudimos vislumbrar la meta y acercarnos a ella rezando el Rosario, así como por el corazón de la capital italiana y su diversidad cultural.

La vida del seminarista, más bien de cualquier cristiano, es como la vía francigena: Transitar por el mundo en circunstancias distintas y hombro a hombro con los hermanos, rezando e imitando al Dios con el que hablamos, con la esperanza de que al atardecer, nos reciba sonriente San Pedro en las puertas de Cielo por ver que Cristo caminaba con nosotros.

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